El relat: Cala Marquesa

EL RELATO

En época veraniega nada mejor que contar una historia relacionada con el mar y el derecho, y que presentó en su día JOAQUIN DE MIQUEL al Premio de “Relatos Cortos de Abogados” que organizó el Colegio de nuestra ciudad.

CALA MARQUESA

Cala Marquesa era un lugar privilegiado. Sólo los más intrépidos se aventuraban por su escarpado acceso para disfrutar de la diminuta y privilegiada playa, apenas treinta metros cuadrados de arena entre paredes talladas por el escalpelo del tiempo, por la lluvia y las tormentas marinas. Los habituales de la zona sabían que la única forma sensata de acceder a la cala era en barca.

Allí eran capaces de olvidarse de las prisas, los compromisos, y de las angustias cotidianas, de todo aquello que incluso en verano les impedía relajarse por completo.

En los días de buena mar, Julián y Mariona intentaban echar el ancla muy temprano, antes de que la presencia de cualquier otra barca les recordara que la Costa Brava ya nunca más sería como la habían conocido.

Ritualmente compraban la prensa, algo de desayuno, y escapaban del murmullo del pueblo que despertaba, de los camiones de reparto y de los jubilados que combatían el insomnio con el primer baño.

En el trayecto, apenas una milla náutica, se cruzaban con la neumática del curso de submarinismo –los peces también madrugan- y con algún optimista pescador de caña.

La cala era una piscina entre las rocas, y el agua transparente y la escasa profundidad permitían observar, sentados sobre la borda, la naturaleza muerta del fondo y la esporádica presencia de algún pez minúsculo obstinado en contradecir los más pesimistas augurios.

La soledad y la paz que allí encontraban acallaban cualquier rumor de que la Costa Brava había iniciado hacía tiempo la cuenta atrás.

Aquella era una mañana más. Como siempre, habían comenzado por el desayuno. Un zumo de naranja, unas pastas, y mucha agua. Se trataba de dejar que el calor del sol acabara invitando al chapuzón, que de buenas a primeras no era lo más apetecible.

Como en otras ocasiones, la suya era la única embarcación, y eso acentuaba su sensación de ser especiales, de poder disfrutar en esa soledad compartida, de cada una de las rocas que les rodeaban, de esos pinos enanos que incompresiblemente se aferraban a la vida entre las grietas, y de los sonidos del mar y de las gaviotas, que desconfiadamente les miraban desde las atalayas, guardianes implacables de sus nidos y su prole.

Ella aprovechaba esos momentos para tomar el sol generosamente, cosa que los convencionalismos sociales le vedaban en la playa del pueblo, por culpa de la presencia de familiares, y de amigos de muchos veranos.

Aquel día prometía ser caluroso.

Julián se zambulló antes que ella, lo que no era nada frecuente. La juerga de la noche anterior, un buen suquet y el abundante vino blanco, le animaron a dejarse invadir por los escalofríos reparadores que el agua proporcionaba a esa hora. El remedio perfecto para pasar página y encarar el día.

Le encantaba simplemente flotar, hacer el muerto boca abajo mientras chafardeaba los escasos movimientos del fondo de la cala. Era un momento mágico de aislamiento que no tenía necesidad de compartir con nadie.

Su posición entre dos aguas le permitió oír el ronroneo de una embarcación que se acercaba, cosa que no sucedía nunca a esa hora.

Y entonces sucedió: un sonido seco, como de dos piedras chocando entre sí, le sacó de su ensimismamiento. Acto seguido se produjo un movimiento inusual en el agua, una efervescencia similar a la de alguien que se lanza con poca traza.

Efectivamente, Mariona había saltado desde la proa sumergiéndose inmediatamente, con un estruendo impropio de ella.

A los pocos segundos una mancha roja comenzó a extenderse alrededor de su cuerpo, muy intensa junto a lugar en que flotaba su cabeza, diluyéndose a escasos centímetros.

Rápidamente se acercó a ella e intentó auparla hasta la embarcación. En el intento toda la borda y las toallas que tenían extendidas en la bañera quedaron teñidas de sangre. No hacía pie, y levantar un cuerpo de sesenta quilos sin un punto de apoyo era tarea casi imposible.

En aquel momento reparó en la presencia de una motora de unos cinco metros de eslora que intentaba fondear a no mucha distancia de donde se hallaban. Sin duda la que había oído acercarse hacía escasos segundos. Sus ocupantes eran dos hombres de unos cuarenta años. No se habían percatado de nada. Comenzó a gritar y pedir ayuda, y al cabo de un minuto los tenía abarloados auxiliándole en la tarea de izar a Mariona hasta el interior de la embarcación: no respiraba y presentaba una herida profunda en lo alto del cráneo, de la que salía sangre a borbotones.

Aún sin ser expertos, intentaron todas las maniobras de reanimación que conocían: boca a boca, masaje cardíaco, incluso le arrojaron un cubo de agua sobre la cara. Todo fue inútil.

Poco a poco la fuerza de la sangre que brotaba de la herida craneal fue cediendo. Había que darse prisa. Decidieron trasladarla a la motora, que era más rápida, y dejar su barca fondeada. Uno de los ocupantes llamó desde su móvil al número de urgencias. Con un poco de suerte tendrían una ambulancia esperando en el embarcadero.

El trayecto se hizo eterno, y Julián mostraba su desesperación mientras llegaban a puerto. Aquello no pintaba nada bien.

Efectivamente la policía y los sanitarios estaban esperándoles, y el revuelo que se había formado en la playa era considerable, a pesar de que aún era temprano. El sonido de una ambulancia se oía desde todo el pueblo.

En cuanto la desembarcaron, y tras un rápido examen, el enfermero sentenció inexorable: estaba muerta, no había nada que hacer, lo mejor era esperar al Juez para que ordenara el levantamiento del cadáver. De momento decidieron taparlo con el toldo de la motora.

Mientras Julián se reclinaba sobre el cuerpo inerte la policía inició un escarceo de interrogatorio con los dos ocupantes de la motora: ellos no habían visto ni oído nada, sencillamente se habían limitado a correr en auxilio de aquel hombre al oír sus gritos. Su pequeña embarcación había quedado anclada en Cala Marquesa, pero no podían aclarar cómo se había producido la víctima el golpe en la cabeza, cosa que evidentemente le había producido la muerte, pues no habían otras heridas a la vista.

Hasta pasadas dos horas no llegó el Juez, con el consiguiente enfado de los veraneantes que necesitaban utilizar el embarcadero para acceder a sus barcas. La policía había cerrado el paso con cinta de colores y no había nada que discutir.

Su señoría ordenó inmediatamente el levantamiento del cuerpo, indicando a las fuerzas del orden que debían remolcar la neumática de la víctima desde Cala Marquesa hasta el puerto, cuidando de no destruir cualquier prueba que pudiera aclarar lo que hubiera sucedido.

A partir de ese momento los acontecimientos se desarrollaron vertiginosamente.

Primero fue el interrogatorio de la autoridad judicial, un juez joven que sin duda ocupaba su primer destino, y que probablemente llevaba a cabo su primera instrucción

Por un lado oyó cómo le decía a la policía que no le perdieran de vista, y sobre todo, que no le dejaran tocar nada. Acto seguido le empezó a interrogar, de una manera informal, ciertamente, pero dejando bien claro que para él había algo que no encajaba en la historia. ¿Cómo era posible que no hubiera visto ni oído nada? ¿Ni siquiera el sonido de un golpe? Porque era evidente que algo había golpeado en la cabeza a su esposa, y por el tamaño de la herida ni podía tratarse de un objeto pequeño ni podía haber hecho poco ruido.

Le explicó que él estaba sumergido en el agua, o mejor dicho flotando boca abajo, y que en esas circunstancias era normal que el mar amortiguara cualquier sonido, e incluso que se hicieran más perceptibles los ruidos que provenían del fondo que los que pudieran oírse en la superficie.

Mientras se percataba de que algunas personas empezaban a señalarle y a cuchichear por lo bajo se preguntó si era posible que sospecharan que él había asesinado a su esposa.

Al cabo de unos veinte minutos regresaron remolcando la neumática, y los movimientos nerviosos de los ocupantes de la lancha evidenciaron, por la forma en que buscaban al juez y a la policía, que estaban ansiosos por revelarles su hallazgo: debajo del depósito de gasolina habían dado con una piedra de unos quince centímetros de diámetro, manchada de sangre. Era del mismo material calizo del que estaban formados los acantilados de aquella zona.

El forense determinaría si aquél pedazo de roca era el arma homicida, tal como así parecía a priori, pero de momento la única decisión posible era la de que les acompañara a la comisaría. No era una detención en toda regla, pero parecía no haber dudas para nadie de que aquella muerte no había sido fortuita, y de que él era el principal sospechoso.

Recordó una pesadilla recurrente que, desde sus inicios como abogado, le agobiaba con frecuencia: defendía a un cliente que él juzgaba perfectamente inocente, no importaba el delito. Durante la instrucción de la causa, que en sus sueños transcurría en unas décimas de segundo, tenía la sensación de que algo no iba bien, de que una mano negra manipulaba los hechos y el atestado policial, haciendo desaparecer documentos. Aún así se convencía de que en el juicio dispondría de las pruebas para demostrarlo y de que el tribunal sabría vislumbrar la verdad y la inocencia de su cliente.

Durante la vista el fiscal se burlaba de él y aportaba testigos falsos, de una falsedad grotesca. En alguna ocasión se trataba incluso del mismo testigo que declaraba varias veces cambiando su aspecto. Y sólo él se percataba. Desvelaba el engaño a los jueces con vehemencia y éstos le amenazaban con multas astronómicas y con la cárcel, acusándolo de desacato.

Todos sus conocimientos de la Ley eran inútiles en sus sueños, y finalmente la Sala, público incluido, rompía en sonoras carcajadas. El único que permanecía impávido era su cliente, que se había ido haciendo cada vez más pequeño en su banquillo, mirándole como si sintiera compasión de él, como si no fueran a condenarlo por culpa de su incompetencia como abogado defensor, de su incapacidad para hacer un discurso coherente.

A partir de ahí el sueño solía girar definitivamente hacia el absurdo, y se veía en prisión mientras su cliente intentaba consolarlo desde el otro lado de las rejas, alejándose junto con los jueces, el fiscal y los falsos testigos, todos sonriendo con satisfacción como si finalmente se hubiera hecho justicia.

Las situaciones podían variar en pequeños detalles pero el final siempre era el mismo: acababa trinchado y engullido por la maquinaria de la justicia, clamando su inocencia y asistiendo impotente a la desmembración de toda su vida. Su despacho y su casa eran subastados y su familia y amigos le abandonaban.

Se sorprendió de que la situación que empezaba a producirse le fuera tan familiar. Incluso tuvo curiosidad por saber en cuál de las múltiples variaciones que conocía de su pesadilla se convertiría la que ahora le tocaba vivir.

La piedra encajaría en la herida, sus huellas aparecerían por toda la barca y alguien recordaría casualmente la existencia de desavenencias conyugales.

Durante las investigaciones se comentaría una sospechosa y reciente conversación, que había tenido lugar en la sobremesa de una cena de la semana anterior, en la que el tema había sido la degradación del entorno, producida no sólo por la mano del hombre sino también por el natural desmoronamiento de pedazos de rocas por culpa de las lluvias y las tormentas de mar.

En el transcurso de la conversación alguien había dicho que eso era anecdótico, una exageración, pero él había insistido en haberlo podido observar en directo en alguna ocasión y que incluso con unas gafas de bucear era posible vislumbrar en el fondo vegetación y piedras que había llegado allí recientemente.

En el interrogatorio había ofrecido esta explicación del accidente. Pero los agentes de la policía judicial no perdían el tiempo, y rápidamente alguno de sus amigos recordó esa conversación de la pasada semana. Fue fácil atar cabos.

La cosa empezaba a ponerse fea. Él no había golpeado a su esposa con una piedra, pero como en su pesadilla, todo empezaba a encajar en su contra, estaban convencidos de su culpabilidad, y el sistema empezaría a limar las piezas del puzzle para que ninguna de ellas chirriara.

Hasta la circunstancia más baladí parecía jugar en su contra y pasaba automáticamente a formar parte de su plan. Incluso llegaron a decir que a ella en realidad no le gustaban esos paseos matinales, que en más de una ocasión se les había visto discrepar por esta cuestión, que ella prefería dormir un poco más, y que él la convencía con el argumento de que era un lujo el poder disfrutar de la cala en solitario. Ahora hacían que pareciera que la soledad de Cala Marquesa era una aliada en su plan criminal.

La clave la dio el forense: era imposible causar una herida tan grave, de semejante profundidad, por un agresor situado en el mismo plano que la víctima, ayudado sólo con la fuerza de su brazo. El cráneo estaba aplastado de tal manera que la única explicación era que la piedra homicida había recorrido como mínimo una altura de cincuenta metros antes de impactar en la cabeza de la mujer.

Además el proyectil presentaba una corte reciente, como si se acabara de partir, presumiblemente como consecuencia del golpe. Sólo había que encontrar el pedazo que faltaba y el enigma quedaría resuelto.

Por fin parecía que la suerte le sonreía. En veinticuatro horas la investigación había dado un giro espectacular, la teoría del forense se había confirmado con el hallazgo de la otra mitad de la piedra, que encajó perfectamente con la que el juez tenía en su poder. La mala fortuna fue la causa de todo. Había sido un accidente.

Después llegaron las disculpas y las muestras de cariño de todos los que en la intimidad habían dudado de él prestándose a facilitar pruebas en su contra, y que ahora le ofrecían su hombro para mitigar su dolor. El tiempo lo borraría todo.

Cuatro meses después estaba cenando con Bernat Montsant.

Habían sido compañeros de colegio durante seis años y, después de quince sin verse, se habían encontrado casualmente poco antes del verano en un bar de copas. A Bernat las cosas no le habían ido demasiado bien. En realidad estaba a dos velas, y abierto a cualquier propuesta para ganar cuatro euros. Seguía siendo el mismo sinvergüenza de siempre.

Aquella noche de junio habían recordado sus andanzas y sus gamberradas de adolescentes. Julián le había preguntado si seguía teniendo la misma puntería que a los catorce años, la que le había hecho ganarse el mote de “el vailet”, como aquél que “amb massa traça” le había “buidat l´ull” a la vaca cega del poema de Maragall.

Mientras Bernat se deleitaba explicando cómo había desarrollado y perfeccionado sus habilidades hasta el punto de poder acertar con una piedra a un blanco situado a cincuenta metros, no se percató del brillo que fugazmente aparecía en el fondo de los ojos de Julián, que parecía escucharle atentamente mientras su cabeza daba vueltas y vueltas.

“El Pirata Gispert”